Excursión a Sa Dragonera: la reserva natural que corona el suroeste
Hay una silueta que acompaña cada atardecer en el suroeste de Mallorca: alargada, escarpada, con forma de dragón dormido sobre el mar. Es Sa Dragonera, y desde La Pérgola basta con acercarse hasta Sant Elm para embarcar hacia ella.
Cruzar hasta un mundo distinto
La travesía apenas dura un cuarto de hora, pero cruza un mundo. En ese estrecho canal de aguas transparentes, conocido como es Freu, la posidonia tiñe el fondo de un azul casi eléctrico antes de que la isla —protegida como parque natural desde 1995— empiece a ganar altura frente a la proa. El desembarco se hace en Cala Lledó, junto al centro de información del parque, parada obligada antes de decidir la ruta.
Los senderos de la isla
Sa Dragonera ofrece varios senderos señalizados, todos de acceso libre:
- oNa Miranda: el más sencillo, un paseo circular de apenas media hora entre antiguos bancales de cultivo reconvertidos en refugio de fauna silvestre.
- oFar de Tramuntana: un recorrido suave con vistas hacia los acantilados de Sant Elm y el arranque de la Serra de Tramuntana, la misma sierra Patrimonio de la Humanidad que se contempla desde los miradores del Cap de sa Mola.
- oFaro de na Pòpia: la ruta más exigente, unas dos horas de subida hasta el punto más alto de la isla —más de 350 metros—, coronado por las ruinas del antiguo faro y vistas del Mediterráneo en todas direcciones.
Quienes prefieran descubrirla desde el agua pueden combinarla con un rodeo en kayak o paddle surf bordeando sus acantilados, una perspectiva completamente distinta de la misma isla.
Fauna, historia y silencio
No hay coches ni construcciones más allá de las torres de vigilancia del siglo XVI y los tres faros que durante generaciones guiaron a los marineros del suroeste. Sí hay vida: la sargantana balear, una lagartija endémica presente en casi cualquier sendero, y en los acantilados anidan halcones y gaviotas de Audouin, especialmente visibles durante las migraciones de primavera y otoño.
La isla guarda además una historia singular: aquí desembarcó Jaume I en 1229, antes de conquistar Mallorca, y siglos después, en los años setenta, un movimiento ciudadano impidió que se convirtiera en un complejo turístico, allanando el camino para que hoy sea uno de los espacios mejor conservados del Mediterráneo.
Antes de embarcar: lo que conviene saber
En la isla no hay bares ni restaurantes, así que merece la pena preparar agua y algo de comer —quizás lo mismo que se lleva a una jornada de calas escondidas—, además de calzado cómodo y protección solar, ya que buena parte de los senderos no tienen sombra. El acceso incluye una pequeña tasa de conservación del parque, y los horarios de visita y de los barcos varían según la temporada, por lo que siempre conviene confirmarlos antes de salir, ya sea en el centro de información del parque o consultando la ficha del espacio en illesbalears.travel. Es también un plan que funciona bien en familia, en la línea de otros planes tranquilos desde Port d'Andratx.
La vuelta a La Pérgola
Regresar después de un día así tiene algo especial: la sal todavía en la piel, la isla ya de nuevo como silueta lejana, y la sensación de haber estado, aunque solo fuera unas horas, en uno de los últimos rincones verdaderamente salvajes del Mediterráneo.
